martes, 28 de diciembre de 2010

Me vuelvo irritable

La circunstancia de que un perro desquiciado aulle como si lo estuvieran picanenado desde las cuatro de la mañana (ladran, Sancho PANZA), hace que mi despertar no sea "liviano" como indica el libro de autoayuda que me sugiere retirarme de la mesa con hambre.
El hambre razonada, el hambre que lejos de ser un motor de cambio como por ejemplo para salir a cazar un bisonte, el hambre censurada severamente por el Dr. Corm&shot lo vuelve a uno irritable, analítica y minuciosamente irritable.
Subo hasta el segundo piso y entrego una epístola de protesta ante los ladridos. Tengo la pésima idea de firmarla.
Poco tiempo después, un anciano baja y me explica que mi vecina, su ahijada, le dejó a cargo el cuidado del cuadrúpedo y que en modo alguno las expresiones ladradas por el can reflejan la opinión de su persona.
Me muestro estúpidamente afable, si hay algo que no soporto-además de todas las cosas de este mundo que rodea mi busarda, cementerio de ravioles-es que me decodifiquen como agresivo algo que fue extremadamente ecuánime.
No hay respeto alguno por la intención del que dice algo, si el otro se ofende, uno queda a su merced y hasta tiene que disculparse por lo que hizo bien.
Le aclaro al señor que no tengo nada personal contra su bello dóberman, es algo que me molestaría de todo perro, porque la noche se hizo para dormir, especialmente las cuatro de la mañana para los que no del todo consustanciados con este precepto, padecemos insomnio hasta las dos.
Este exceso improcedente de amabilidad me costará caro: a la noche la mujer del anciano me tocará el timbre y me pedirá que ayude a subir por escalera a su mareado marido a quien administraron un psicofármaco.
¿Por qué me elige a mí, de todos los vecinos?
Porque yo me quejé y al parecer eso generó un vínculo.
La nueva mucama llega por segunda vez tarde, como si parte de su trabajo fuera demostrar que es inferior en todo y que por eso es mucama y yo su Señor al que no tutea.
En su servilismo humilde no hay, sin embargo, la sumisión suficiente como para respetar el orden en el que estaban las cosas durante años: como alguien le dijo que el café va en la alacena y no en la heladera, allí tengo que sorprendentemente encontrarlo.
Comento mi insatisfacción para con el personal doméstico por teléfono a mi amiga que se escapó del "campo de concentración" del Dr. Ravenna para convertirse en militante del derecho de las hordas de gordas discriminadas por los talles liliputenses.
Le cuento que decidí castigar la impuntualidad con salario a destajo: si llegás una hora tarde, trabajás una hora menos y venir desde Lomas de Zamora a limpiarme la vajilla no te rinde.
Me caga a pedos y me dice que su mejor mucama siempre le repone el tiempo perdido y que de ninguna manera puedo pretender aleccionamientos de precisión helvética con especímenes del Conurbano.
Tuve que despedir a la anterior, a la puntual, porque lavaba al mejor estilo "jabón que ensucia" de los chascos y porque me robó cien pesos que yo guardaba en un sobre dentro de un apartado cajón.
Le recuerdo esto a mi amiga que me recomienda no dejar dinero a la vista.
En rigor de verdad, me robó doscientos pesos y cuando le pagué el mes advertí que fue ella porque me devolvió cien.
Mi amiga me putea: tendría que haber esperado a que me devolviera los otros cien cuando le fuera posible, antes de despedirla o cambiar de escondrijo.
Salgo a correr, pero no tardo en arreglármelas como para esguinzarme un tobillo y para no detener el ritmo camino tres vueltas a Parque Centenario.
Si todo sigue así, seguramente mañana gatearé...

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